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El camino de Rodrigo. Volver a Malvinas

El camino de Rodrigo. Volver a Malvinas

Son muy pocas las oportunidades en la vida, en las que uno se encuentra ante la posibilidad de formar parte de una gran historia. Y la de Rodrigo es una de esas que merecen ser contadas.

Es la historia del hijo mayor de una familia de doce hermanos. La de un soldado que fue llamado nuevamente por su patria para vestir el uniforme y defender a su bandera. La de una guerra en la que conoció lo mejor y lo peor del ser humano, pero que también le dejó amigos que conformaron una hermandad para toda la vida. Es la historia de una post guerra que lo lastimó mucho más que las balas y la metralla del enemigo al que le tocó enfrentar. Es también, la de un largo y ansiado regreso a unas islas a las que llegara un día de abril hace ya demasiado tiempo.

Y así fue que exactamente cuarenta y tres años después, me tocó acompañarlo en su esperado regreso, en compañía de un nutrido grupo de amigos que lo contuvieron ante una catarata de emociones donde hubo de todo. Desde silencios cargados de respeto, lágrimas contenidas con los dientes apretados, abrazos generosos, recuerdos de otro tiempo, sentidos homenajes ante cruces que recuerdan a aquellos con los que compartió el frío y el barro de las trincheras y que hoy ya no están para contarlo, miradas a lo lejos buscando cerrar viejas heridas, pero también sonoras carcajadas, muchos brindis celebrando el hecho de estar vivos, los acordes de alguna chacarera recordando a Santiago su tierra querida y también la calma necesaria para permitirse ser feliz y aventurarse a comenzar una nueva historia.

Para todos aquellos que tuvimos el privilegio de acompañarlo en su regreso, los días en Malvinas estuvieron colmados de una intensidad difícil de olvidar. El simple hecho de observarlo volver sobre sus pasos, fue algo único que intentaré reflejar en palabras. En silencio y con tiempos que solo el corazón de un veterano puede comprender, buscamos ayudarlo a recrear su historia y la de sus antiguos compañeros de armas de la Compañía A “Tacuarí” del R.I.M. 3 Gral Manuel Belgrano.

Rodrigo, en silencio, entre las ruinas del antiguo cuartel de los Royal Marines en Moody Brook.
Rodrigo, en silencio, entre las ruinas del antiguo cuartel de los Royal Marines en Moody Brook.

Comenzamos el camino en las ruinas del antiguo cuartel de los Royal Marines en Moody Brook, para luego observar el valle desde la cima del cerro Sapper Hill. Desde allí nos desplazamos hasta el Monte Tumbledown donde dejó su nombre grabado junto al de otros antiguos camaradas en los restos de unas cocinas de campaña hoy cubiertas de óxido, para luego revivir en Wireless Ridge los pormenores del último y encarnizado contraataque de la guerra.

Los restos oxidados de unas cocinas de campaña en Monte Tumbledown, con el nombre de Rodrigo grabado junto al de sus camaradas.
Los restos oxidados de unas cocinas de campaña en Monte Tumbledown, con el nombre de Rodrigo grabado junto al de sus camaradas.

A cada paso, Rodrigo nos traía hasta el presente sus vivencias de soldado y se esforzaba por hacernos conocer el heroísmo y la entrega del soldado argentino. A su alrededor, todos lo escuchaban por momentos absortos e impresionados por su relato. Es que son muy pocas las veces en las que uno puede sumergirse en nuestra historia reciente, de la mano de alguien que puede narrarla en primera persona.

Otras veces, permanecía en silencio, como si estuviese atrapado en antiguos y olvidados recuerdos que el viaje de pronto había traído hasta el presente. En esos momentos, sólo Dios sabe lo que habitaba en su alma y nuestro silencio respetuoso, de a ratos era interrumpido por el silbido de un viento frío y constante que nos cortaba la cara.

La visita al Cementerio Argentino de Darwin estuvo llena de emoción. Sin pronunciar palabra y siguiendo a Rodrigo, ingresamos al mismo por un pequeño portal para luego elegir alguna de las 237 cruces blancas en las que dejamos un rosario a modo de homenaje.

Un rosario dejado como homenaje en una de las 237 cruces blancas del Cementerio Argentino de Darwin.
Un rosario dejado como homenaje en una de las 237 cruces blancas del Cementerio Argentino de Darwin.

Fue un momento de total recogimiento. Estábamos completamente solos y a nuestro alrededor, las suaves colinas de Darwin parecían abrazarnos. Sin hablar, Rodrigo se paró ante la gran cruz que preside el cementerio con sus hombros cubiertos por una bandera argentina inmaculada; la misma enseña que había jurado defender y que tuvo el privilegio de ver flamear en lo alto de los mástiles de Malvinas, durante esos largos 74 días.

Al volver al pueblo, mientras recorríamos juntos las calles de Puerto Argentino, nos paramos frente al muelle. Justo en la intersección de Ross Rd y Philomel St., aquel lugar en donde 43 años atrás junto a cientos de soldados argentinos, fuera embarcado de regreso al continente. La guerra había terminado para él y el destino había dispuesto que saliese sin heridas en su cuerpo. Sin embargo, ese día comenzó su post guerra, un tiempo difícil que por momentos pareció no tener final y que le dejaría profundas cicatrices en su alma.

A pesar de todo esto, el infinito amor de su hermano Miguel lo animó a emprender este viaje a las Islas, sabiendo que lo ayudaría a enterrar los fantasmas del pasado, dejándolo a las puertas de un nuevo comienzo.

Hoy Rodrigo está de vuelta, con la sensación de haber cumplido su propósito y cada uno de nosotros atesorará para siempre en su memoria el haber sido testigos de su viaje. Con enorme generosidad nos dijo:

Así como en el ’82, Malvinas me dejó no solo una herida abierta, sino también muchas vivencias hoy convertidas en experiencias, dejó también camaradas de fierro. En 2025, en mi regreso a Malvinas encontré mi propósito en la vida, tan solo ser feliz. Cada uno de ustedes hoy y siempre serán parte de mi vida. Hermanos míos, eternamente gracias.Rodrigo

Me resulta imposible agregar nada. Tan solo me sale decir: Gracias Rodrigo, ¡misión cumplida!